El Baix Ebre
Autor: Inma Sanjuan

Habíamos pensado pasar el fin de semana de finales de Agosto navegando por el delta del Ebro y reservamos habitación en un Hotel de Tortosa.
El viaje desde Alicante se nos hizo largo.

Cuando llegamos al Hotel vimos en un panel un bonito mapa del serpenteante trayecto azul del Ebro aguas arriba de Tortosa y ya no paramos hasta conseguir la información necesaria para que nuestras piraguas perdieran el salitre en el río que, en Logroño y hace unos cuantos años, me enseñó a navegar.

Contactamos con “Beniemocions”, una empresa de dos socios que con mucha ilusión y unas cuantas piraguas se han decidido a sacar provecho de aquello que mejor conocen, los alrededores de Benifallet, un pueblo de paisajes diversos y singulares, lleno de posibilidades para el senderismo y que además, al estar bañado por las rotundas aguas de un Ebro a la vez jovial y viejo, resulta un paraíso para el piragüista.
Hicimos dos rutas, una cada día.

El sábado salimos desde el embarcadero de Benifallet para llegar hasta el de Tortosa.
26 Km de aguas tranquilas con bellos rincones como el río Canalets en donde todo, hasta los colores, parece una quieta fotografía.
La orilla infinita que va desplegando la gama de todos los verdes posibles resulta una caricia para la mirada, y los violetas que flotan separando desde lejos el agua de lo que no lo es.

Más o menos a mitad de camino pasamos por el pueblo Xerta y poco antes por L’Assut, una presa de origen árabe que hoy en día cuenta con una moderna infraestructura, permitiéndonos superar dicho paso sin bajarnos de las piraguas gracias a un sistema de succión que, a modo de ascensor flotante, nos descendió unos 4 metros a los más de 40 piragüistas que allí nos encontrábamos.
Un espectáculo curioso y lleno de color, sobre todo para alguien que estuviese al otro lado de las compuertas viéndonos salir.

Tras hacer una paradita en un merendero de Xerta, con chiringuito y buenas vistas, proseguimos hacia Tortosa por un río cada vez más ancho y denso, pues en los últimos tramos el viento procedente del mar nos hacía recordar las horas que llevábamos remando.
Y en el momento en que iba a sentir cansancio asomaba el imponente puente de Tortosa, o sea, una jornada perfecta, que se remató con una excelente comida en Benifallet.


La segunda jornada resultó muy interesante también.
Hicimos el tramo Miravet – Benifallet, siguiendo una vez más el consejo del monitor.
Salimos del embarcadero que hay a la otra orilla de Miravet, en donde hay una barcaza que todavía se utiliza para cruzar el río tanto transeúntes como vehículos, propulsada sin motor, por la fuerza natural de la corriente. Quizás la última que quede en el Ebro.
Una grata sorpresa descubrirla, dado que en los mapas este paso aparece dibujado como una carretera.
Y como si de una composición de fotografía digital se tratase, coronando el espejo del cauce del río, con las dos barcazas (una boca arriba y otra boca abajo) haciendo el perezoso trayecto, el bello pueblo de Miravet, con su impresionante castillo, sede de los templarios en época tan remota que hoy no se consigue remodelar con el mismo gusto y sensibilidad de entonces.

Con tortículis por no poder dejar de admirar el paisaje, y antes de que el guardián del castillo nos pierda de vista, nos adentramos en piragua por un molino árabe que todavía conserva un hermoso arco de medio punto.

Desde aquí hasta Benifallet hay unos 15 Km de continua belleza, esa belleza viva que tienen sólo los grandes ríos. Las garzas y otras aves nos acompañan en todo momento, lucios, truchas y otros peces que también sienten curiosidad, nos sorprenden con sonoros saltos recordándonos el acuario del piso de abajo.

Pero a pesar de todo, y aunque a mí me cueste decidir la mirada, creo que la mayor parte se la llevan las montañas.
Este tramo, a diferencia del que hicimos el día anterior, discurre por un río que en ocasiones se cierra entre las laderas rocosas de la Sierra de Cardó, deleitando a nuestros oídos con un silencio encajonado y a nuestros ojos con grietas y recovecos en las altas paredes para buscar posibles moradas de las águilas que hasta hace pocos años se veían por allí.
Antes de arribar en Benifallín nos adentramos en el cauce de pequeños brazos del río que forman algunas islas cercanas al pueblo, alguna de ellas todavía utilizadas con fines agrícolas... ¡vaya cosecha que dará esa finca!, exclamamos.

Antes de dejar el pueblo, visitamos les Coves Meravelles, que son, de verdad una maravilla de la naturaleza.

Por supuesto volveremos, quizás para hacer también una visita al cercano Parque Natural de la Sierra del’s Ports.