El
motivo que nos ha llevado a realizar esta travesía no es otro que
el de reivindicar
la ría del Nervión como espacio de ocio alternativo. Ya que
poco a poco se van recuperando las aguas y sus riberas creemos que es momento
de que de verdad se devuelva al pueblo, su uso y disfrute. Por otro lado
queríamos hacer esta travesía para poder fotografiar nuestro
litoral y poder vivir experiencias que de alguna manera podamos hacer llegar
al mayor número posible de personas. En principio nos conformamos
con poder contárselo a los chicos y chicas de las ikastolas de Erandio,
pero no descartamos poder montar charlas allá donde nos lo propongan.
Creemos que viajamos demasiado lejos para disfrutar de nuestras vacaciones,
sin darnos cuenta de que ahí mismo a muy pocos kilómetros
de nuestras casas hay todo un paraíso por descubrir.
Sabemos que las 11 etapas en que dividimos este viaje
podrían hacerse en menos tiempo, pero la filosofía de esta
singladura era la del disfrute del contacto con la gente y su entorno.
Teníamos un lema desde que salimos del embarcadero de Erandio:
“Prisa mata”.
Bajando por entre las grúas de la Naval salimos
al Abra donde el señor Cantábrico nos enseñó
los dientes y nos brindó un bautizo de los que quitan el hipo.
La flota de bajura estaba amarrada pero las ganas que teníamos
de remar eran tales que sin pensárnoslo dos veces remamos con fuerza
rumbo a Gorliz. Para evitar las rompientes que había en Sopela
y Meñakotz tuvimos que navegar a varias millas de la costa. El
viento del norte era muy fuerte y los mercantes que entraban al superpuerto
culeaban de lo lindo esperando a los remolcadores. Las olas eran gigantes
y nos sorprendía el volumen de agua que traían. Mas que
su altura era su anchura lo que nos dejaba perplejos. A la altura de Barrika
nos llevamos un buen susto con una serie que nos sorprendió muy
afuera. La entrada a la bocana de Gorliz fue complicada y eso que es una
zona que conocíamos al dedillo, pero la verdad, pocas veces hemos
visto olas así en esta playa. Al día siguiente ni siquiera
nos pudimos echar a la mar de lo mal que estaba.
Fuimos prudentes y nos acercamos a Armintza para ver
como estaba la entrada al puerto por si teníamos que salir allí.
Imposible desembarcar sin surfear, y claro con un Seayak y el Touryak
que llevábamos....
El día siguiente amaneció limpio y con la mar mas calmada,
y fue donde verdaderamente comenzamos a disfrutar de la cercanía
de la costa y del placer de remar. Pasamos muy cerca de Cabo Villano,
isla que aunque se encuentra frente al faro de Gorliz, pertenece a Plentzia.
Se comenta que le viene el nombre de que siempre había un hombre
frente a la isla vigilándola, de ahí lo de Villano. Bordeamos
Bakio y llegamos a S. Juan de Gaztelugatxe casi sin darnos cuenta. San
Juan es un paraíso agujereado como un queso de gruyere. Cuevas
y arcos que solo se pueden apreciar desde el agua. Todo un caramelo para
nuestros paladares.
El peñón de Aketze le hace compañía
a muy pocos metros. Otra mole granítica mas salvaje todavía
que es la única de toda la costa vasca que no ha sido utilizada
para ninguna utilidad humana.
Avanzamos sin problemas hasta el Cabo de Matxitxako y es aquí donde
cambian las tornas de nuevo. Se levanta viento y lo que hasta el momento
era una balsa de aceite se convierte en un vaivén de olas con rebote
incluido. Comemos en el agua estirando un poco las piernas sobre los kayak,
pero el rock & roll enseguida nos hace desistir y seguir rumbo a Izaro.
En esta isla de tradición cinematográfica hubo durante tres
siglos un convento franciscano y hoy día se aprecian todavía
restos de aquel asentamiento. Dura vida la de aquellos seglares. El final
de la etapa estaba previsto que fuera en el Elantxobe, famoso por sus
casas que se asoman colgadas al puerto, aunque algunos lo conocen mas
por sus fiestas.
El caso es que las fuerzas nos empiezan a fallar y tras una pequeña
pájara decidimos desembarcar en la playa de Laga. Nos la jugamos
con las olas pero conseguimos salir entre surfers sin nadar.
A la mañana siguiente el mar nos recibe en calma
y podemos culebrear por las
cuevas de Ogoño sin problemas. No somos nada ante este gigantón
en el que anidan aves de todo tipo. Vemos cormoranes y frailecillos. En
el agua saltan asustados los peces a nuestro paso. Impresionan las paredes
verticales de este cabo que colinda con la pesquera villa de Elantxobe.
Este paraje siempre aparece señalado como punto de interés
en todas las guías turísticas. Ni que decir tiene porqué.
Encanto le sobra y lo que no sobran son las fuerzas para subir por sus
callejuelas desde el puerto hasta la iglesia.
El viento y las corrientes nos ayudan a avanzar hacia el este. Tras pasar
por una franja costera muy abrupta donde se encuentra la cala de Lapatxa,
llegamos a la ensenada de Ea. Intentamos entrar un poco hacia su playa
y pequeña ría, pero la marea baja nos lo impide. Aun así
disfrutamos un montón hasta donde nos llega la vista. A la salida,
un pequeño islote parece ser el posadero preferido de las gaviotas
locales. Hay tal número de ellas que parece una roca nevada en
medio del mar. Avanzamos sin prisa pero sin pausa y llegamos a la siguiente
ensenada. Es Ogeia un entrante natural que aunque en su centro acoge una
playa nosotros encontramos desierta de bañistas. El agua esta caliente
y el sol alto, pero quizá el difícil acceso que tiene esta
cala, la convierte en una perla desconocida. Pegados a las rocas nos dirigimos
al faro de Santa Catalina que nos da bienvenida a Lekeitio. Poco a poco
llegamos hasta la isla de S. Nicolás que como esta en marea baja
se convierte en península. Baño, comida y subimos a esta
atalaya natural desde la que podemos ver cual será el camino a
seguir en las próximas horas y etapas. El día esta tan limpio
que creemos distinguir el faro de Higer(Hondarribia).
Lekeitio es una villa marinera por excelencia, con mucha afición
a la piragua. Hoy no hay olas pero la playa de Karraspio es un punto de
encuentro para los lugareños que practican el kayak-surf. Nos despedimos
de nuestros amigos los terrícolas y con la tripa llena y la modorra
en el cuerpo navegamos hacia la ensenada de Zagustari. Zigzagueamos entre
botes que están al txipirón.
Como
casi no tenemos ganas de remar nos hacemos los remolones y paramos a charlar
con Yosu que sobre su bote “Pastela” nos cuenta en euskera
“cerrao, cerrao” que la mala mar de los días pasados
se ha llevado la pesca a quien sabe donde....Nos enseña un txipirón
como único trofeo de una tarde de pesca.
Los botes de Lekeitio se mezclan con los de Ondarru que hacia donde nos
dirigimos. Tropezamos con un piragüista local y otra vez a charlar.
Nos aconseja entrar en el puerto y sobre todo ver la playa de “Saturran”.
Le hacemos caso y no nos defrauda. Ya llevamos muchas horas en el agua
pero aun así decidimos seguir hasta Mutriku que esta a pocas millas.
En su puerto los crios se bañan y juegan a la cucaña. Los
mayores pelean por conseguir un buen sitio en el muelle desde donde lanzar
sus cañas. Es la que los fotógrafos llaman hora bruja. Hay
una luz increíble y con las piernas colgadas en el puerto miramos
al horizonte pidiendo otro día como el que hemos tenido hoy.
No madrugamos porque tenemos que esperar a que abran la taberna en la
que anoche dejamos a cargar las baterías de la cámara de
fotos. Hoy el día también esta precioso. Un café
y unos huevos fritos son nuestro desayuno. No creo que sea una dieta muy
equilibrada pero a nosotros nos entraban de miedo todas las mañanas....
Nos embarcamos en el puerto sin saber muy bien cual será el final
de etapa de hoy. Bordeando la punta Alcolea llegamos casi sin darnos cuenta
a Deba en la cual desemboca el río del mismo nombre. El arenal
de Santiago es el mas importante de los dos que apreciamos desde el agua.
Dejamos atrás Deba y pasando bajo Itziar llegamos a la ensenada
de Aitzuri que esconde varias calas. Ninguna de arena. El litoral es precioso
con paredes llenas de pliegues y sustratos superpuestos que le dan un
aspecto ordenado. Son paredes grises claras que descienden hasta la orilla
suavemente. Hay muchos bajos y con ellos rompientes traidoras que aparecen
y desaparecen. Hoy la mar esta en calma pero tiene aspecto de que en días
de temporal, aquí tiene que cascar de lo lindo. La punta Sakoneta
se encuentra a medio camino entre Deba y Zumaia. Pasamos muy cerca y una
pequeña sardina desorientada, y creemos medio difunta se deja fotografiar
entre las manos....
Ya muy cerca de Zumaia, el litoral es como lo hemos descrito pero con
acantilados todavía mas altos. Tiene que haber una vista preciosa
desde hay arriba. De frente se levanta una pequeña colina sobre
la que domina un faro. Es la isla de S. Telmo que hoy día ya no
es isla, porque se encuentra unida a tierra. Nos marca la entrada a la
ría de Zumaia por la nos adentramos hasta el casco urbano. El río
Urola vierte sus aguas aquí. Después de comer unos higos
secos y algo de fruta espantamos unas gaviotas que descansaban sobre las
cuadernas de lo que parece ser un viejo pesquero varado sobre el fango
de la marisma. Costillas de madera comidas por el salitre. Mucho tráfico
de embarcaciones arriba y debajo de la ría. Y es que Zumaia cuenta
con un puerto deportivo. Nos echamos a la mar de nuevo, y el salitre también
empieza a afectarnos a nosotros también. Nos damos crema y nos
tapamos la cabeza y los ojos con viseras y gafas. Fundamental lo de las
gafas si se tiene pensado navegar varias horas.
Casi
a tiro de piedra se encuentra Getaria, cuyo ratón gigante parece
mirarnos atónito al pasar por delante. Este promontorio con forma
de roedor cobija a su lado uno de los puertos mas bonitos de todo Gipuzkoa.
Hasta el siglo XV era una isla pero construyeron un muelle y la unieron
a tierra firme. Cuna de marinos desde tiempos inmemoriales y de gran renombre
como Juan Sebastián Elkano. Nos cruzamos con muchos pesqueros que
regresan a puerto después de una jornada en la mar. Las gaviotas
los persiguen alborotadas esperando los restos de pescado que los arrantzales
tiran por la borda. Mientras las observamos aparecen a lo lejos bandos
de seis, siete aves que no acertamos a distinguir.
Pasan sobre nuestras cabezas a muy pocos metros, y entonces sí
vemos que son alcatraces. Dejamos de remar para no asustarlos y siguen
llegando en pequeños bandos que nos pasan rozando y ni se asustan.
Son muy grandes y con las alas muy afiladas. Cuando están a nuestra
altura giran sus cabezas como curiosos. Es un momento mágico. Los
dos cascarones en mitad del mar con el solo ruido del agua que mueve nuestros
kayak y los pájaros sobrevolándonos. No se cuanto tiempo
estuvimos así, pero fue una gozada para los sentidos.
Despertamos del sueño y vemos a lo lejos unos edificios que dominan
la primera fila de playa. Es Zarautz. Este pueblo es conocido por la calidad
de sus olas, apreciadas por los surfistas, y es precisamente eso lo que
nos hace no acercarnos demasiado a la playa. Es uno de los arenales mas
largos de toda la provincia, aunque con la marea alta queda bastante reducida
su capacidad. La tarde va cayendo y decidimos que el final de etapa se
acerca.
Orio es un buen sitio para pasar la noche. Para ello tenemos que pasar
un pequeño cabo que desciende desde el monte Amesti. Los cormoranes
secan sus alas extendidas apurando los últimos rayos de sol en
el islote Mallarri en el que años atrás se construyó
un cargadero de mineral que llegaba desde las minas de Asteasu por medio
de un tranvía aéreo.. Pasamos sin hacer ruido para no asustarlos
y enfilamos la ría del Oria para salir a tierra. Otro gran día
que recordamos con los amigos alrededor de unas cervezas en tierra firme.
Aunque a la segunda por el cansancio, a nosotros ya no nos parece tan
firme...
Creo que nos pasamos con las celebraciones y nos ha costado levantarnos
un poco. El día esta muy feo y la mar revuelta, así que
decidimos acortar la etapa y acabar en Donostia en vez de en Pasaia.
Salimos a la tarde desde una playa que está en la margen izquierda
de la ría de
Orio. El cielo está negro y llueve intermitentemente, vamos, da
una pereza entrar en el kayak...Aun así empezamos y nada mas doblar
el muelle comienza de nuevo el rock & roll con el que comenzamos la
travesía. Nos habíamos acostumbrado mal. El viento es muy
fuerte y nos empuja hacia tierra por lo que tenemos que remar fuerte hacia
adentro para contrarrestar y no meternos en la rompiente. Apenas podemos
apreciar la costa y el monte Igeldo que quedan a nuestra derecha. Hay
que remar súper atentos para no llevarnos ningún susto.
Arrecia el temporal y cada vez esta mas oscuro. Es una pena que la llegada
a Donostia no podamos disfrutarla. Cuando ya estamos cerca de La Concha
paramos para valorar por donde entrar. A la derecha de la isla de Sta.
Clara hay un oleaje del copón de la baraja. Por la zona del peine
de los vientos es imposible entrar. Hoy el peine si que tiene trabajo
a destajo......
Decidimos arrimarnos al Acuarium que parece mas accesible. Por allí
cabalgamos un poco pero entramos sin problemas. Cuando ya a pasado el
peligro hacemos un poco de turismo por el embarcadero de la isla que es
la única que cuenta permanentemente con una fuente de agua dulce.
Vemos el palacio de Miramar y el ayuntamiento donostiarra. No esta buen
día, pero como nuestros amigos los terrícolas no aparecen....
al final salimos por el puerto y nos llevamos la grata sorpresa de que
aparecen mas amigos de los esperados. Acabamos haciendo pintxo-pote por
lo viejo y a dormir. Ha sido una etapa corta pero intensa.
Al día siguiente salimos pronto y parece que la mar ha bajado un
poco. El día esta mas agradable pero en la mar todavía se
brinca. Rodeamos el monte Urgul y a lo lejos vemos Gros, el kursaal, etc.
Tras rodear el monte Ulia llegamos a la bocana de Pasaia. Allí
paramos a charlar con otro piragüista que esta pescando a la cacea.
Nos enseña un txitxarro y una aguja. Saltan los peces por todos
los lados y hay bastantes palangres, lo cual quiere decir que es una buena
zona de pesca. Nos comenta también que dentro de Pasaia vive el
famoso delfín Paquito que antes nadaba en aguas de La Concha pero
que ahora prefiere las de sus vecinos pasaitarras.
Nos
sorprende la estrechez de la entrada al puerto. Los barcos que entran
y salen son muy grandes y para poder circular deben de respetar un turno
que se marca con un semáforo que hay en la bocana. A la derecha
hay un pequeño astillero en el que se intenta recuperar una vieja
draga. A la izquierda la primera casa que nos encontramos hacía
de control, en tiempos pasados, para los barcos que querían entrar
a puerto. Incluso echaban de lado a lado una cadena para cortar el paso
a las embarcaciones. Hoy día, mantiene un sitio privilegiado y
almenas y ventanas que demuestran su importante pasado.
A medida que nos adentramos en el puerto nos va sorprendiendo mas y mas
lo bonito de esta zona.
La imagen que teníamos de Pasaia es muy diferente a lo que estamos
viendo. Solo conocíamos su carácter industrial, y sin embargo
Donibane cuenta con una hilera de casas que mantienen su pasado marinero
y le dan un encanto especial. En la otra orilla, San Pedro, también
se asoma a la ría donde ambos pueblos y sus traineras rivalizan
en las regatas a fuego y sangre. Cada una defiende sus colores, S. Juan
el rosa, S. Pedro el morado, y así lo demuestran las banderas que
ondean en lo mas alto de cada municipio.
Hoy los únicos que remamos por aquí somos nosotros. Navegar,
navegan mas, por ejemplo el gasolino que todavía hoy día
pasa a estudiantes y trabajadores de una orilla a otra. Nos trae recuerdos
del que en nuestro pueblo une Erandio con Barakaldo. Muchas de las casas
tienen embarcaderos y en ellos los botes amarrados. Son barcos pequeños,
de pesca y recreo. En el pantalán del club de remo desembarcamos
para estirar las piernas y comer algo. Enseguida volvemos al agua y enfilamos
la bocana para salir al mar, y es aquí cuando de repente Paquito,
el delfín del que antes habíamos hablado, nos da un susto
de muerte. Aparece a poco mas 4 metros de nuestras proas, asomando el
lomo y soplando. Sabemos que es inofensivo pero lo inesperado del momento
y la envergadura del pez nos sorprenden. No pensábamos que fuera
tan grande.
Nos acompaña unos cientos de metros como indicándonos el
camino y luego desaparece. Al doblar el muelle vemos que el mar se ha
picado y esperando que no vaya a mas nos dirigimos hacia el faro de Higer.
Tres mercantes se bambolean esperando anclados su entrada a puerto. Pasamos
cerca rezando que la mar nos respete, ya que hasta Hondarribia no hay
ningún punto intermedio donde podamos salir. A nuestra derecha
queda todo el macizo de Jaizkibel que es el punto mas cercano al mar de
todo el Pirineo occidental.
Es un gran bloque que se alza desde el puerto de Pasaia hasta su zona
mas baja en Hondarribia. Apenas vemos construcciones, salvo las antenas
de la cima, y predominan las campas y hasta algún viñedo
que creemos adivinar desde el agua. Es una franja costera muy bonita que
culmina con el faro de Higer y las desvencijadas estructuras de madera
y metal que usan los recogedores de algas de la zona. Son andamiajes que
unidos por un cable suben desde la orilla hasta tierra adentro con la
carga de algas que luego se usan para la fabricación de cosméticos
y productos médicos. Nosotros no las hemos visto en uso y parecen
abandonadas hace tiempo. Quizás ya no sea rentable.
Nada mas rodear la pequeña isla situada delante del cabo Higer,
nos adentramos en la bahía de Txingudi, y desembarcamos en la playa
de Hondarribia. Aquí estamos a cubierto de las olas y salimos sin
problemas.
Dejamos para mañana el paseo por la marisma y de mientras nos conformamos
con ver los montes que la rodean, Peñas de Aia, Larrun, Jaizkibel...
La marisma de Txingudi marca la muga entre Euskadi
norte y Hegoalde. Subimos por ella zigzagueando, sin saber muy bien con
qué quedarnos, si con Hendaia o con Hondarribia. Parece mas bonita
desde el agua la segunda, con su casco antiguo amurallado y con la iglesia
de Ama Guadalupekoa dominando el municipio. Mas cerca de Hendaia se encuentra
una pequeña isleta de arena que llaman de los faisanes y que según
hemos oído comparten soberanía el estado español
y el francés con un status reconocido internacionalmente. La marea
esta subiendo y nos ayuda a entrar ría arriba. Sorprende que haya
un aeropuerto en medio de un enclave tan bonito y en el que vemos cantidad
de pájaros y aves. Se supone que es una zona protegida. A veces
cuesta comprender estas cosas. En Bizkaia vimos algo parecido cuando en
mitad de la reserva del Urdaibai encontramos un astillero.
En mitad de la marisma vemos como unos pequeños pájaros
que nosotros conocemos en euskera como “kuliskak” corretean
por el fango en busca de pequeños crustáceos. Los tenemos
a menos de un metro y no se espantan. Nosotros varados en la orilla, y
ellos que casi se nos suben por las piraguas...
De vuelta a la mar y con la corriente en contra tropezamos con un martín
pescador que se oculta entre los bloques de hormigón de la orilla.
Es azulón y con el pico largo. A este sí que le conocemos,
pero lo teníamos como un ave de río y no pensábamos
que viviera tan cerca de la costa.
Nada mas dejar la ría entramos en la playa de Hendaia. Nos acercamos
bastante a la orilla hasta que un par de olas nos hacen recular un poco
mas adentro. Al final de la playa se encuentran 2 rocas muy grandes que
reciben el nombre de Gemelas. Frente a ellas rompen las olas con fuerza
porque hay bajos y rocas. Es curioso porque tuvimos que alejarnos muchísimo
de la orilla para poder bordearlas y es que se forman rompientes muy lejos
de la costa.
Un arrantzale de Hondarribia ya nos había advertido de esto. Cuando
la mar esta en calma se puede atravesar entre rocas, pero en días
como hoy no queda mas remedio que dar un buen rodeo.
Tenemos
olas muy grandes, pero el mar esta ordenado y se navega bien. Al rodear
esa rompiente vemos no muy lejos una pequeña aleta que se acerca
a nosotros. Nos quedamos quietos y según va viniendo observamos
que se trata de un pez luna o pez bobo. Es muy grande, con forma circular
y unos 60cm de diámetro. Casi podemos tocarlo, porque curioso se
queda mirándonos sin ningún miedo. Con los nervios del momento
conseguimos fotografiarlo aunque de mala manera.
Al final se marcha y lo seguimos un poco, pero acaba sumergiéndose
y lo perdemos de vista.
Sin darnos cuenta hemos estado mas de 10 minutos ensimismados con el pez
luna. Vamos lejos de la costa para evitar las rocas y no podemos ver el
litoral como quisiéramos. Hay villas y pequeños palacetes
que salpican las verdes campas de Iparralde. No es tan escarpada la costa
como en días pasados.
En esta zona se navega mas al norte y no sabemos si es por eso, pero hemos
notado un agua mucho mas fría. Quizás sean las corrientes
porque no es normal que en tan pocas millas de distancia haya tanta diferencia
de temperatura. Seguimos remando rumbo norte llegamos a la bahía
que cobija a las poblaciones de S. Juan de Luz, Ciboure, y Sokoa. La entrada
en la ensenada es complicada porque hay olas muy grandes, y el paso esta
constantemente ocupado por los barcos pesqueros que entran y salen pescando
algas con sus redes. En mitad de la bahía hay un muelle rompeolas
artificial, y las olas brincan por encima de el con toda tranquilidad.
Esperamos nuestro turno para pasar y una vez dentro, el agua esta mas
tranquila. Nos quedamos observando a los pequeños pesqueros que
arrastran sus redes. Trabajan 4 o 5 hombres por barco, y van cargados
hasta los topes. También vemos frente a nosotros la playa de Donibane
Loitzun y a la derecha Sokoa con su impresionante castillo que domina
la entrada y paso de la zona.
Al final entramos por una pequeña ría que esconde en su
interior el puerto pesquero. Hay muchas embarcaciones, deportivas y de
pesca. Nos sorprende la visita de una pareja que en día anterior
nos había oído en Radio Euskadi y hoy nos espera en el puerto.
Son muy majos y charlamos un buen rato. Tanto tiempo hablando los dos
solos en medio del mar ,je, je.
El puerto es muy bonito con las casas muy cerca del agua. Son las típicas
fachadas de Iparralde que mezclan colores, rojo, blanco, azul....
Salimos por unas escaleras con la ayuda de los amigos y a descansar.
Mañana mas y mejor.
Hoy
el día ha salido despejado pero el mar sigue en su línea.
Olas grandes aunque ordenadas. Los jubilados nos ven embarcar en el puerto,
y en un momento estamos frente al rompeolas. Cambia de color y se pone
blanco de la espuma que le dejan las olas. Hasta las gaviotas tienen que
salir pitando, si no quieren acabar empapadas. Enfilamos rumbo a Biarritz,
que será el final de etapa de hoy. Podríamos acabar la travesía
ya, pero vamos con tiempo y queremos estirar un poco esto. Cada día
que pasa nos vamos encontrando mejor y ahora que se acaba nos dan ganas
de continuar remando quien sabe hasta donde. Enseguida de abandonar S.
Juan de Luz nos encontramos con la población de Getarí.
Entre ambas hemos dejado atrás acantilados no muy pronunciados,
con verdes campas y mansiones enormes. Nos damos cuenta porqué
hay tanta afición aquí al surf y es que las olas son de
un tamaño considerable. Entre Getarí y Biarritz nos encontramos
Bidart, que observamos desde lejos. Todos tienen parecida estructura,
casas unifamiliares desperdigadas y algún bloque de apartamentos
de mayor altura. Podemos apreciar sus largas playas y la poca gente que
las frecuenta, por lo menos en esta época del año. A lo
lejos vemos el imponente faro de Biarritz o Miarritz en euskera, que por
un efecto óptico nos parece que esta a la entrada del pueblo.
Según nos vamos acercando nos damos cuenta que no es así
y que está al fondo de la playa. Cuando estamos a poca distancia
de rodear las rocas que nos esconden el puerto, recibimos una llamada
de nuestro apoyo en tierra, diciéndonos que las olas zumban con
alegría en la playa y que la única salida posible, es por
el estrecho puerto. Estamos ya frente a él y vemos que no se equivocan.
Ni siquiera hay surfers en el agua, y unos espumones tremendos se levantan
frente a la playa.
Por un momento pensamos la posibilidad de no salir
aquí y continuar remando hasta el Adur para salir mas tranquilos,
pero eso supone terminar la singladura, y como no queriendo acabar nunca
decidimos que intentarlo por el puerto. Cuando nos acercamos vemos que
es un puerto muy pequeñito, y nos preguntamos si nuestros kayak
entran por esa bocana tan estrecha. Empezamos
a preocuparnos cuando vemos a nuestros amigos con las aletas en la mano
subidos en lo alto del muelle. Las olas son muy grandes y rompen justo,
justo en la entrada. Arriesgamos mucho y nos acercamos al máximo
haciendo una espera, para que pase la serie de olas y podamos entrar zumbando.
Hay expectación en el puerto, y hasta los que están comiendo
en los restaurantes se levantan a ver el espectáculo. No paramos
de mirar atrás esperando que en cualquier momento venga una ola
y nos estampe contra las rocas. Hasta ahora no habíamos nadado
y ya sería mala suerte hacerlo ahora que estamos terminando. Tensamos
los brazos y decidimos tirar para adelante. Es un sprint de 100 metros
a toda pastilla. A pasado una serie mala y nos lanzamos, toca surfear
un poco conseguimos pasar entre mucho meneo a refugio del puerto. Adrenalina,
y con las piernas temblando besamos tierra firme. Ya desde el puerto,
que es muy bonito por cierto, nos vamos a ver la entrada que hemos pasado,
y la verdad es que no era nada fácil.
Nos quedan muy pocas millas para lograr nuestro objetivo. Desde el faro
al que hemos subido dando un paseo, se ve Anglet y muy cerca el límite
de Euskal Herria que marca el río Adur. Lo de mañana será
un paseo.
Hemos dormido en el puerto oyendo las olas que rompen contra las rocas.
El día está kili-kolo y a nosotros nos embarga una sensación
contradictoria. Por un lado estamos contentos por terminar lo que en un
principio hasta a nosotros mismos nos parecía algo muy difícil,
y por otro lado nos da pena que esta aventura se acabe ya. Estamos ansiosos
por seguir navegando, por seguir conociendo nuevos sitios, y por seguir
conociendo nuestros propios límites.
Pero “así es la vida compañero” que diría
aquel.... y todo tiene su final, nada dura para siempre.
Salimos del puerto de Miarritz mucho mas fácil de lo que entramos
ayer. Remamos sin convicción, sin hacer fuerza sobre las palas.
Hablamos mucho porque sabemos que son nuestras últimas horas en
el agua y queremos diluir en ella los piques tontos que hayan surgido
en tantos días de travesía.
Chocamos los puños y cantamos como niños para desahogarnos.
Ahí está, frente a nosotros el muelle que protege la desembocadura
del Adur. En él los terrícolas encienden una bengala y a
nosotros se nos ponen los pelos de punta. Subimos río arriba levantando
los remos cual bogadores de trainera que han ganado una regata. Gora Lutxana!
Encendemos nuestras bengalas que gracias a dios no hemos tenido que usar
ningún día. Los pescadores nos miran atónitos y la
gendarmería nos ronda, pero no dicen nada.
Ya en tierra nos fundimos en un abrazo y sentimos que
hemos hecho algo grande. Que hemos escrito por lo menos un párrafo
pequeñito de la historia de Erandio.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Carlos Ramírez
Karlos Gómez.
Txipirones los dos.
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