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Medio de transporte recomendable: piragua o canoa
Época recomendable: Con más de 100 m3/s en otoño
y primavera, es un río para piragüistas de nivel medio que
podrán disfrutar de algunas olas hermosas. De julio a septiembre
el caudal baja hasta 18 m3/s por lo que cualquier piragüista que
esté empezando puede bajarlo sin dificultad. Recorrido: 18 km
El descenso del bajo Cinca con piragua permite contemplar
el paisaje fluvial desde una perspectiva diferente de la habitual. Desde
el agua, el río aparece ante nosotros con su verdadera personalidad.
El bullicio que despliega el agua en los frecuentes y pequeños
rápidos interrumpen la pereza y el silencio con que el río
discurre en los remansos, invisibles desde la orilla y que surgen uno
tras otro. Aquí, la lejanía del hombre permite escuchar
largos silencios, turbados únicamente por la inopinada y excitante
aparición de un buen número de especies de aves que obligan
a interrumpir, por unos instantes, el sosiego de la navegación.Los
bancos de grava, silenciosos, salpicados de chopos enormes que han sido
volcados y arrastrados en las crecidas de primavera y de otoño
confirman el poderoso talante de este río.
Las choperas y saucedales estructuran un bosque
de ribera que nos acompaña a lo largo del descenso, como una densa
cinta verde adornada con hierbas de elevado porte. Tras ella, las “ripas”
de Ballobar, riscos verticales, vestidos de marrón y ocre, se alzan
expectantes por encima del bosque, recortándose sobre el cielo
azul del verano. Este itinerario proporciona al viajero una visión
completa de la fisonomía del ecosistema fluvial en curso medio.
Los meandros no son excesivamente pronunciados y presentan los típicos
depósitos de grava con forma semilunar en la cara interna de la
curva. El centro del cauce está
ocupado por islotes de grava que obligan al río a dividirse en
ramales y canales laterales flanqueados por una densa vegetación
de carrizos, espadañas y sauces que a veces invaden el canal complicando
la navegación. Los sedimentos son, en su mayor parte, gravas mezcladas
con algunos bloques y, en las áreas en las que el agua discurre
con más tranquilidad, arenas y limos. La mayor parte de estos materiales
son areniscas, calizas, granitos y rocas metamórficas de procedencia
pirenaica.Los restos vegetales y los chopos que yacen inermes sobre las
gravas indican que, durante las crecidas de primavera y de otoño,
el descenso en piragua puede ser interesante para piragüistas de
nivel medio ya que con más de 100 m3/s se pueden encontrar buenas
olas para jugar y surfear. La navegación en verano, en cambio,
supone una buena oportunidad para contemplar el bosque de ribera con tranquilidad,
desde la misma perspectiva con que lo hace una cigüeña, una
garza real o una garceta que estuvieran pescando en el centro del cauce.
Desde el agua se aprecia perfectamente la típica catena de vegetación
de ribera, esto es, carrizos y espadañas en el mismo borde del
agua, sauces inmediatamente detrás y, sobresaliendo por encima
de todos ellos, y en la parte más alejada del agua, los chopos.
Con la embarcación, también, pueden invadirse momentáneamente
graveras inaccesibles desde la orilla,
detenerse junto a un carrizal y sorprenderse del alboroto de los patos,
siempre incrédulos de que alguien haya podido llegar hasta ese
rincón escondido.
Puede incluso observarse desde una cierta
distancia el hieratismo de una garza real o el reflejo azul de un martín
pescador acechando desde una rama. Sorprende el aleteo de los martinetes
que esperan, hasta el último instante, a levantar el vuelo o, finalmente,
el juego que practican los cormoranes buceando y emergiendo tan sólo
unos metros por delante de nuestra proa.El mejor punto para embarcarse
se sitúa en la carretera Fraga-Sariñena, junto al puente
nuevo de Ballobar, sobre el río Alcanadre. Pocos metros después
de cruzar el puente, en dirección a Chalamera, hay un amplio camino
a la izquierda que desciende hasta la orilla del río.
El lugar es cómodo y puede dejarse el
coche con tranquilidad y sin peligro de atascarnos en el barro.Antes de
efectuar la salida no podemos dejar de contemplar las espectaculares “ripas”
de Ballobar. Las ripas, que se continúan hacia el norte con las
de Chalamera-Alcolea, constituyen la frontera entre la plataforma monegrina
y los valles de los ríos Cinca y Alcanadre. Desde finales de la
era Terciaria, cuando se configuró la red fluvial de la cuenca
del Ebro, estos ríos han venido excavando, sin pausa, las calizas,
areniscas y arcillas de Monegros, dejándonos, en este lugar, un
paisaje vertical, que acompaña majestuoso al Alcanadre, poco antes
de unirse con el Cinca.
En el contacto entre las ripas y los depósitos de piedemonte pueden
observarse una serie de cuevas, situadas a diferentes niveles. Estas cuevas
fueron excavadas y habitadas por eremitas en diferentes momentos de la
Edad Media y son, actualmente, de difícil acceso. En su interior
reducidas estancias con toscas hornacinas excavadas en la roca revelan
la huella de personajes olvidados que, en su soledad, tendrían,
sin duda, largos momentos para contemplar el magnífico paisaje
que se extiende al pie de los riscos. Hacia el oeste, casi en la vertical
de Ballobar,
puede observarse la ermita de San Juan, construcción inicialmente
romana y posteriormente transformada en ermita (S.XII-XIII) que se encuentra
emplazada en el mismo borde de las ripas vigilando todo lo que ocurre
en el valle.Los primeros metros de navegación son sencillos ya
que aquí el Alcanadre tiene poca profundidad y discurre lentamente.
El cauce es relativamente estrecho y pueden observarse muy de cerca las
formaciones boscosas de ribera. A unos quinientos metros de iniciado el
recorrido, sin embargo, comienza a oírse un rumor sordo que va
aumentando de volumen a medida que nos acercamos al único salto
de importancia de todo el recorrido. El escalón, formado por un
estrato de calizas que reposa sobre areniscas, mide un metro aproximadamente
y su paso no entraña dificultades especiales.Unos 400 metros después,
las ripas, que habían permanecido ocultas por los sotos de Ballobar,
vuelven a reaparecer presidiendo la confluencia del Alcanadre con el Cinca.
El límite de esta formación geológica coincide con
el enorme puente del AVE. Cuando lo avistemos hay que tomar el ramal de
río que se dirige hacia la izquierda. El canal de nuestra derecha
hay que evitarlo ya que conduce al azud desde el cual arranca la acequia
que riega las huertas de Velilla de Cinca, Miralsot, Fraga y Torrente.Una
vez que hayamos cruzado el puente no queda más
que navegar río abajo, dejando que el agua nos lleve con la pereza
del estío en los remansos, sorprendiéndonos en los breves
rápidos o dándonos algún pequeño susto cuando
los árboles recostados sobre la corriente peinan sus ramas en el
agua impidiendo el paso y obligando a variar el rumbo de la embarcación
si no queremos terminar con algún arañazo.A dos horas aproximadamente
de la salida se divisa, sobre una colina de la margen izquierda, el Pilaret
de Santa Quiteria, una construcción de adobe de época romana
que se encuentra en estado de ruina. Cuando ya se avista el campanario
de la iglesia de San Pedro de Fraga y el primer puente sobre el Cinca,
queda tan sólo un último remanso con un carrizal a nuestra
derecha y un pequeño azud, punto final de nuestro recorrido. Un
camino de grava, suficientemente amplio para un vehículo, conduce
hasta el Pabellón Polideportivo y, de nuevo, a la civilización.
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